Algo no encaja en esta crisis. Un desasosiego nuevo, un enojo que no termina de nombrarse, un conflicto que no alcanza su maduración. Y no es por falta de degradación de la situación social y económica.

Por primera vez un gobierno induce una crisis profunda para cambiar un régimen de acumulación. En general las grandes transformaciones económicas fueron productos de ciclos dónde se incrementaban progresivamente contradicciones estructurales. Estas fueron contradicciones provocadas de eficaz resolución para los sectores más concentrados y rentísticos. Paradójicamente y por suerte, los efectos de la economía fueron matizadas por políticas redistributivas heredadas de los gobiernos anteriores, y defendidas por las organizaciones en esta etapa. Demoraron, por un tiempo, el hambre y la rabia.

Al mismo tiempo, y a pesar de una sociedad cada vez más individualizada, la vitalidad social no mengua. El dinamismo y la fuerza de los feminismos, la organización de los trabajadores de la economía popular, las múltiples expresiones de indignación y protesta en los órdenes domésticos y públicos dan cuenta de una vigente potencia de confrontación.

Pareciera sin embargo que no encontrásemos nuestros puntos de articulación, nuestros sentidos comunes que permitan una confrontación más dirigida, mejor orientada. Es como si la historia no lograra cuajar, cómo si no pudiéramos engranar las piezas de una nueva maquinaria de lucha. La crisis del 2001 fue más transparente en este sentido. El desempleo y otras indignaciones ordenaban el rechazo a un neo-liberalismo agotado. Y si bien la reivindicación social se sintetizaba en el “Qué se vayan todos”, la respuesta a la crisis se hizo desde el Estado articulando con las reivindicaciones de las organizaciones.

Es sobre el eco de este gesto histórico que quisiera volver; ese movimiento de toma de poder en el Estado y transferencia de poder a las organizaciones para producir una transformación social. Este método que captó el primer gobierno kirchnerista encierre tal vez pistas para organizar una nueva máquina de confrontación que esté a favor de los dominados, tratando de entender las lógicas de confrontación en nuestra contemporaneidad y sobre todo indagar en las nuevas formas de subjetividad que nos atraviesan.

 

El conflicto en tiempos de fin de la dialéctica (que no es el fin de la historia…)

Tal vez sobre la insistencia, pero el punto parece clave: la lucha es en contra de las dominaciones. El problema no es la moralidad de los capitalistas, su codicia o su avaricia. El problema es que quieren garantizar su dominio a través de la acumulación. El problema no radica en que los hombres no “reconozcan” a las mujeres como iguales, el problema es que se justifique el domino patriarcal desde allí. El problema no es el odio al extranjero, al indio o al negro, sino que el odio sea el arma del dominio blanco, occidental. Una economía política es en este sentido una praxis de la emancipación que identifica y confronta todas las lógicas de dominio y sus articulaciones.

¿Pero cómo caracterizar hoy esta praxis? Maurizio Lazzarato en uno de sus últimos libros, “Guerras y capital” (2016), insiste mucho en este punto. Ni el conflicto capital trabajo, ni el conflicto entre géneros, ni los conflictos descoloniales tienen hoy una lógica dialéctica. Dicho de otro modo, los conflictos ya no pueden ser conflictos de sustitución o no pretenden serlo.

Los trabajadores no van a estar en el lugar de los proprietarios de los medios de producción, porqué la lógica accionarial hace que la propiedad sea fragmentada y que importe más la gestión de los medios de producción que su propiedad. Agregado a que hace 40 años que el capital se orienta a su valorización financiera, la propia lógica del dominio desde la propiedad está en jaque (punto sobre el que volvemos más adelante). Las mujeres no buscan estar en el lugar del patriarca, desplazan la lógica de dominio masculino. Y definitivamente, los negros no aspiran a ser blancos. La dialéctica está dejando lugar al desplazamiento como estrategia central de confrontación. Desarrollemos este punto en particular en relación al conflicto entre capitales y trabajos.

Usamos los plurales porque el mundo del trabajo y del capital se han heterogeneizados. Es el caso en la Argentina, desde los años 90 dónde los desempleados fueron reconocidos como trabajadores, reivindicación piquetera finalmente retomada por la CTA. Progresivamente se fueron auto-definiendo como trabajadores sin patrón y trabajadores de la economía popular. Agregados a las identidades obreras tradicionales, tenemos un crisol de trabajadores que comparten la misma condición: todos son explotados, aunque sea difícil visibilizar hoy las lógicas de explotación.

De lado del capital también se ha ido complejizando. Ya no solo hay tensiones entre el capital industrial y el capital agrícola, sino que el capital financiero despliega lógicas de acumulación que atentan claramente en contra de las lógicas industriales y productivas.

Esa doble heterogeneización tiene un primer problema. Los trabajadores seguimos confrontando en contra del capital industrial y productivo, cuando el dominio está también y sobre todo en el capital financiero. El capital financiero ha generado los mecanismos para evitar confrontar con el trabajo. Que el dinero produce dinero en el mundo financiero es sabido y debería ser asumido como rasgo de nuestros tiempos. Pero que las finanzas se conectan con el mundo productivo también es una realidad que se disimula lo más que se pueda y que se explicita en tiempos de crisis financiera, cuando las caídas de las bolsas producen despidos masivos.

Tomemos un ejemplo. En los supermercados la principal ganancia no proviene de la venta en góndolas sino de los intereses que pagan las tarjetas de crédito de la propia empresa. Esta ganancia financiera no sería posible si alguien en la caja registradora no pasara esa misma tarjeta por el posnet. Sin embargo a la hora de disputar salario, los trabajadores no exigen un porcentaje de la ganancia financiera producida por las tasas de interés. Lo mismo podríamos decir en el sector automotriz dónde los planes de financiamiento producen más ganancia que la venta de autos pero a su vez no podrían generarse estas ganancias si no se produjeran autos. Lo mismo pasa con la deuda externa del país. Es una ganancia financiera pagada por los impuestos, es decir esencialmente por una captación sobre nuestro trabajo.

Las tasas de intereses son hoy en día las que organizan el dominio del capital, y no solamente la tasa de ganancia en el sector productivo. Seguimos disputando solamente la tasa de ganancia cuando finalmente nos rigen las tasas de interés (Chena y Roig, 2018). Los ladrilleros usan el término de patrón oculto para caracterizar la cadena de explotación en la que están inmersos (Abal Medina, 2017). Ampliando este concepto, todos nosotros tenemos un patrón oculto: el capital financiero que nos explota vía la tasa de interés.

No es mi propósito extenderme sobre el feminismo o las luchas descoloniales, otras lo harán mucho mejor y más legítimamente que yo. Pero si asumimos el predominio del capital financiero, refuerza la idea de crisis de la dialéctica que parte del feminismo y la lucha descolonial proponen. ¿O acaso queremos ser rentistas en lugar de los rentista? Queremos desplazar al rentista de su centralidad en el capitalismo y eso implica confrontar directamente con el capital financiero. ¿cómo? A través de tres procesos: articular el conflicto del trabajo con el capital financiero, valorar el trabajo y luchar para emancipar las subjetividades endeudadas

 

Valorar el trabajo, controlar la tasa de interés, emanciparse de los acreedores

El proceso de valorización financiera tiene un corolario conocido: la desvalorización del trabajo como valor social y como remuneración efectiva. Valorar el trabajo es en si-mismo una manera de confrontar con el capital financiero tanto en el plano político, económico y simbólico. Y cuando decimos valorar el trabajo incluye en perspectiva de género y descolonial. Toda operación concreta que permita una mejor valoración del trabajo de las subalteridades es una herramienta de confrontación con el capital financiero. Los procesos de valorización del trabajo requieren en si-mismo un desarrollo conceptual que no es el objeto de este texto. Simplemente planteemos que el precio de cualquier trabajo es político. Da cuenta de esta afirmación el salario social complementario que se logró institucionalizar con la ley de emergencia social de diciembre 2016. Esta ley justamente afirma que el salario de los trabajadores de la economía popular no puede ser librado a la lógica del mercado, por todos los procesos sociales de explotación no explicitados y que sin embargan contribuyen a los ingresos bajos. Se abre ahí el concepto de paritaria social, dónde, del otro lado de la mesa de negociación, el Estado media con “los patrones ocultos” que explotan y por ende merman los ingresos de los trabajadores. El salario social complementario, aumenta la remuneración, revaloriza el trabajo y a las trabajadoras.

Ahora bien esta lucha de revalorización no puede estar disociada del control de las tasas de interés. Porqué lo que se puede valorar en los procesos productivo se puede perder después: las tasas toman lo que el trabajo da. Basta con observar que tasas de interés anuales que superan en 80% la inflación, se aplican a los sectores populares que están, en un 75%, endeudados. (Chena y Roig, 2018). Concretamente, además de la evidente necesidad de regular las tasas de interés, en el banco central y en los directorios de los bancos públicos tendría que haber representantes de los trabajadores que participen de la regulación de la tasa de interés. Y en todo caso, los conflictos gremiales pueden apuntar a la ganancia financiera, suspendiendo las herramientas de endeudamiento (no pasar la tarjeta de crédito en la caja por ejemplo) y confrontando directamente en contra de los acreedores.

Sabemos que esta centralidad del capital financiero que planteamos sigue siendo resistida por imaginarios que todavía están atravesados por deseos industrialistas. Sin embargo, nuestro presente está más que nunca moldeado por una subjetividad financierizada. Como bien lo marcaron Foucault y más tarde Deleuze (XXX) en tiempos industriales la lógica central de la dominación era el disciplinamiento. Hoy en día se agregan el control y en particular el control sobre el futuro. Lo que está en juego para el capital no es solamente la obligación presente de ir a trabajar. Es garantizar, en el futuro, las obligaciones de pago de deudas. La subjetividad financiera capta nuestros futuros y obstruye así nuestro devenir.

Y hemos ahí una de las grandes contradicciones del capital financiero. Quiere condicionar el futuro pero no puede garantizar un devenir. No puede prometer nada, sino espera, sino esperanza. No tiene base material para garantizar lo que propone. Es por eso, como bien lo analizara ya Polanyi en 1944 en la “gran transformación”: el odio hacia los otros del poder, es parte del horizonte neo-liberal financiero. Las finanzas no producen sentido. Tal vez por eso cierto nihilismo crece en el mundo, una crisis de los sueños enjaulados entres tasas de interés. Tomar en serio las subjetividades contemporáneas es fundamental y entender que convencer es producir nuevos sentidos acordes con las experiencias contemporáneas.

 

Convencer desde la experiencia 

Sí, la palabra es convencer. Porqué vivimos en un país dónde las reglas son democráticas liberales, no hay alternativa al convencer. Convengamos que la armas no son una opción. Que la crítica purista y testimonial de lo que no quieren tomar el poder, es estéticamente bella y políticamente inconducente. Convencer es el modo de tomar el poder desde el voto. Implica entonces, hoy más que nunca, conectar con las experiencias, producir sentidos, tener una política del sentido. Esto requiere captar las transformaciones existentes.

Una de las razones por las cuáles el gobierno de Mauricio Macri llegó al poder es porqué captó la individualización social, que paradójicamente el propio bienestar económico y social del kirchnerismo había garantizado. Obviamente que también se asentó sobre afectos negativos propios a los desgastes del poder, pero su conexión con la individualidad ha sido explotando el eje del “en todo estás vos”, un discurso sobre una auto-realización sobreexcitada y finalmente una población endeudada que pensó que su bienestar material pasaba por su capacidad personal en pagar una deuda, una cuota.

¿Ahora bien, qué hacer frente a esas individualidades que se reconocen como tales y que además quieren “un cambio”? La respuesta, no estaría en contraponer al colectivo en contra del individuo sobre todo si eso supone el fin de su autonomía. Sino mostrar que esta individualidad autónoma se despliega por la mediación colectiva. Estas mediaciones, que son el centro por otra parte de la vida democrática moderna, son los sindicatos, las organizaciones políticas, los espacios culturales y artísticos, los propios medios de comunicación. Porqué la auto-percepción moderna es cada vez más individualizada, el discurso político no puede ignorar este dato. Sin embargo, esto no significa que tengamos que abandonar la importancia de los colectivos y de las organizaciones. Sería un suicidio ideológico y el descarte de la gran herramienta de transformación social. Lo importante es entender que el individualismo neo-liberal propone una autonomía que no puede sostener. El individualismo social propone las condiciones se sostenimiento de esa autonomía gracias a los colectivos. (Castoriadis, 1983). En este sentido, defender los derechos o el lugar del Estado no está en un plano discursivo solamente. Remite a la posibilidad de la experiencia de una autonomía sostenida en el tiempo. Para ello, para que un proyecto de transformación social a favor de los dominados pueda convencer, requiere de instituciones que garanticen este devenir, que puedan hacerse cuerpo. Este es el efecto principal de una nueva máquina de confrontación.

 

Una nueva máquina de confrontación

Tomar el poder no es solamente acceder al gobierno, es cambiar las relaciones de fuerzas de modo duradero a través de transformaciones institucionales sostenidas y producidas por organizaciones. Como hemos dolorosamente aprendido las elecciones pueden poner en el gobierno actores que agudizan las lógicas de dominio. Es lo propio de la democracia liberal. Con lo cual la máquina de confrontación no puede limitarse al plano de la representación política. Requiere: articular los múltiples conflictos sociales, encontrar sus puntos comunes y sus especificidades; organizarnos a favor de una institucionalización de los conflictos; desplazar las lógicas del dominio desde las relaciones de fuerzas instituidas; producir sentido desde las prácticas institucionales que se hacen cuerpo. El Estado puede ser la gran herramienta para impulsar estos procesos sociales. Lo ha sido con los convenios colectivos de trabajo. Institucionalizan el conflicto entre capital y trabajo, contribuyen prácticamente a la conciencia de clase haciendo cuerpo los derechos de disputar por mejoras de salarios y de condiciones.

Somos conscientes de que cada afirmación requiere en sí un despliegue que no cabe en este texto. Nuestro punto es aquí abrir pistas que permitan pensar otros horizontes de lucha que estén inscriptos en nuestra contemporaneidad. Nuestro mundo está dominado por las finanzas, el patriarcado y la voluntad de poderío colonial. Pero la ambición emancipadora sigue en pie y es parte de la experiencia contemporánea. Engranar las piezas de nueva máquina de confrontación puede producir los desplazamientos de las lógicas de dominio y abrir a un devenir, que si bien es incierto, sin duda será mejor que el propuesto por el neo-liberalismo financiero.

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