El paisaje urbano de la Ciudad de Buenos Aires se tiñó de naranja, rojo y amarillo, convirtiéndose en escenario del tránsito de innumerables personas montadas en bicicletas: trabajadorxs de Rappi, Pedidos Ya y Glovo, todas ellas plataformas digitales de mensajería, pedidos y entregas a domicilio, que en 2018 se implantaron en Argentina. Gracias a un simple click en una app, el “dos ruedas” se convirtió en una nueva modalidad de trabajo accesible para una población mayormente migrante y de varones, así como la posibilidad para consumidores de tener “el universo” al alcance de la mano y a fortiori a domicilio.

En esta nueva modalidad de intercambio, el imperio de lo instantáneo es muchas veces antinómico con condiciones de trabajo seguras y estables para sus trabajadores. La “fetichización de lo inmediato” (Gullo, 2018) invisibiliza los procesos y relaciones de producción de estos servicios. Las empresas-plataformas se conciben a sí-mismas como mera intermediación entre trabajador y cliente. Estas plataformas corresponden a un modelo de negocio originado en los años ‘90, según la tipología diseñada por el economista canadiense Nick Srnicek en Capitalismo de plataformas (2018), donde el crecimiento de la empresa tiene prioridad temporal por sobre la generación de ganancias. El autor denomina “plataformas austeras” [lean platforms] a aquellas que a pesar de no ser propietarias de los bienes transados o de los medios de producción (por ejemplo, Uber[2] no posee vehículos) “son dueñas del activo más importante: la plataforma de software y análisis de datos [podríamos añadir: ¿y la propiedad de esos datos?]. Las plataformas austeras operan a través de un modelo hipertercerizado, en el que los trabajadores están deslocalizados, el capital fijo, los costos de mantenimiento y el training están deslocalizados.” (Srnicek, 2018: 71-72).

Quienes ingresan a trabajar en estas empresas deben inscribirse bajo el régimen de aportantes como monotributistas y formalmente quedan registrados como trabajadores “autónomos”. Las empresas los consideran como “micro-empresarios” y se niegan a reconocer la relación laboral de dependencia, desligándose así de cualquier tipo de responsabilidad en tanto empleadores. Dos casos emblemáticos han tenido un impacto público relevante en lo que va del año. En abril, falleció un trabajador de Rappi, Ramiro Cayola Camacho de 20 años, en plena actividad laboral. Las noticias periodísticas que buscaban hacerse eco de otros trabajadores, hablaban de “tragedia anunciada”. La indignación fue in crescendo cuando la empresa se limitó a dar sus pésames a otra de las trabajadoras, sin asumir responsabilidad alguna en el hecho (Página 12, abril 2019). Recientemente, se dio a conocer el caso de un repartidor quien herido e inmovilizado debido a un accidente de tránsito fue interrogado por el soporte técnico de la plataforma sobre el estado del producto transportado, sin miramiento por su situación de salud. (Hayon, 2019)

Muchos de los trabajadores de estas plataformas denuncian las condiciones precarias e inseguras en las que desempeñan sus labores, entre ellas la ausencia de un sueldo mínimo, de una jornada laboral establecida, de seguridad social, de un seguro por accidente de trabajo y por despido. Esta labor consiste en estar cotidianamente y durante muchas horas en la vía pública, en bicicleta o moto, en la mayoría de los casos sin casco o ningún otro tipo de protección. Lxs trabajadorxs deben comprar sus uniformes y la caja que les sirve de contenedor para transportar los pedidos. Ésta funciona, a su vez, como elemento diacrítico y publicitario de la empresa proveedora del servicio. Para “trabajar mediante la app”, lxs trabajadorxs, considerados como “usuarixs” o “colaboradore”, deberán contar con un medio de locomoción propio y un celular con un plan de datos suficientemente importante para poder estar conectado-as durante toda la jornada laboral. En suma, la empresa no pone a disposición los medios de producción requeridos para esta actividad, es decir externaliza todo tipo de costos, en adelante asumidos por el mismo trabajador.

Estas condiciones de trabajo motivaron, en octubre 2018, la creación de la primera agrupación sindical de esta economía en todo el continente americano: APP Sindical (Asociación de Personal de Plataformas). En los intersticios del disciplinamiento y el monitoreo algorítmico, se construye una organización de trabajadores de Uber, Rappi, Glovo, Pedidos Ya y Cabify. A raíz de las demandas por condiciones de trabajo más seguras, un aumento de su remuneración (incluyendo correlatividad del sueldo con la distancia recorrida), y el cese de los retrasos de pagos, los trabajadores de las plataformas protagonizaron también el primer paro a las plataformas en América Latina. Su modalidad de acción colectiva consistió en que un trabajador levante un pedido, ya en la puerta del local, liberaba el pedido con alguna excusa, otro lo tomaba y nuevamente lo liberaba, y así sucesivamente. Sin espacio de trabajo delimitado, la calle siendo su territorio laboral, se organizaron vía grupos de WhatsApp, logrando primeras instancias de negociación con la empresa. Según el relato de uno de los miembros de APP[3], fue mediante ese proceso de organización y de hacer colectiva una experiencia laboral “insularizante”, que los trabajadores fueron progresivamente evidenciando su relación laboral con las plataformas. El entusiasmo por “ser su propio jefe” se empezó a difuminar al ver que recibían órdenes, imposición de reglas, amenazas y aplicación de sanciones mediante suspensión del “usuario en la app”[4] y malos tratos por parte del soporte de la plataforma, interlocutor directo de los trabajadores. El sueño de la autodeterminación fue desvaneciéndose frente a una relación de mando y autoridad, característica de cualquier empresa de gestión privada, mas sin la contrapartida de los derechos asociados al empleo asalariado: “ellos te regulan, y ¿quién los regula a ellos?”, sentenció nuestro interlocutor.

En las páginas web de estas plataformas observamos una retórica del “no trabajo” a la que recurren: trabajar de repartidor-a, no sólo supondría “ser tu propio jefe” con “ingresos competitivos”, sino además conocer tu ciudad de otra forma[5]; “[Ganar] dinero entregando pedidos”, “[Repartir] tu tiempo entre tus estudios, trabajo o cualquier otra cosa que hagas”[6]; “[Ser] parte de este movimiento”, “[Ganar] dinero colaborando con la empresa líder de delivery en Latinoamérica”[7].

Estas son sólo algunas de las formulaciones empleadas por estas empresas que llaman a “colaborar”[8] y “participar” desconociendo así la dimensión “trabajo”, a favor de la noción de “actividad”. Dicho en otros términos: una retórica de valorización y mercantilización de esferas de la vida antes enmarcadas en lo improductivo o lo imponderable, que disimula mecanismos de extracción de valor por parte de la empresa. Vida y actividad profesional aparecen ahora confundidas, rentas del capital y rentas del trabajo, por lo tanto también son difícilmente discernibles (Boltanski y Chiapello, 2010: 234-237). El discurso del “no-trabajo” es redoblado por la exaltación de la autonomía, ambos operando como principio de justificación y subterfugio de la relación de explotación.

 

¿Una “nueva” forma de expropiar saber?

Una lectura situada de este “nuevo” hecho social, requiere reinscribirlo en perspectiva con procesos socio-económicos de largo y de mediano plazo. Uno de los primeros interrogantes que surgen cuando nos acercamos a estas “nuevas” formas de trabajo es su continuidad o discontinuidad con lo que se llamó la crisis de la sociedad salarial, o el agotamiento del régimen de acumulación fordista. La robótica y la microelectrónica han sido interpretadas por algunas corrientes de la sociología económica, como una vía que encontró el capital para subsanar la pérdida de eficacia en el control social del trabajo y para contrarrestar cierta crisis de eficiencia del capital y de productividad, de la que deriva también la búsqueda por flexibilizar la organización del trabajo y de la producción (Coriat, 1987, entre otros). Dirán que “es sobre la base de una crisis de los grandes modos capitalistas de organización de la producción que nacen las nuevas tecnologías” (Coriat, 1987: 63), es decir, crisis de las condiciones de apropiación y extracción de los saberes de los trabajadores, así como de los modos de gobierno del trabajo. Estos términos pueden ser planteados para el declive del fordismo no solo como forma de acumulación y de organización del trabajo, sino también como modo de regulación social. Esto es, su cristalización institucional en la conformación de un Estado de bienestar, la consolidación de un movimiento obrero organizado en sindicatos cuyas conquistas sociales habrían permitido un círculo relativamente virtuoso de la producción de economía y de sociedad.

Lo que 30 años más tarde parece estar en juego es una transformación del capital en sus modos de captar saber y valor de lo-as trabajadore-as. Se le atribuye al fordismo haber elaborado técnicas de automatización de la producción, mediante la descomposición de los gestos y movimientos del o la obrero-a para su apropiación, lo cual habría conllevado a la aceleración del proceso de descalificación de lo-as obrero-as. Otros estudios han demostrado que esa captación de valor no se reduce a lo gestual, sino que también comprende la extracción de valor del saber obrero. Ésta se realizaría en una tensión, propia del sistema capitalista, problemática y probablemente irresoluble, entre liberación y reconocimiento de saberes obreros y su expropiación o apropiación por el sistema central de poder (Rojas, 1999).

En este marco de reflexión, dejamos abierta una de las preguntas que suscita la emergencia de esta economía de plataformas. En el siglo XXI, las tecnologías digitales – también aludidas como “industria 4.0.”- ocupan un lugar central en un capitalismo crecientemente reticular cuya conectividad dentro de la empresa y entre empresas (cadenas de valor y subcontratación) está garantizada por la comunicación de datos. Srnicek afirmará que “La plataforma emergió como un nuevo modelo de negocios, capaz de extraer y controlar una inmensa cantidad de datos, y con este cambio hemos visto el ascenso de grandes compañías monopólicas. Hoy en día el capitalismo de las economías de altos y medianos ingresos está dominado cada vez más por estas compañías (…)” (Srnicek, 2018: 13). Si bien nuestra región no conoce una extensión tan hegemónica de este modo de producción, se puede identificar la tendencia monopólica e hipertercerización de la producción de las empresas a las que aludimos y que han devenido en una precarización extrema de algunas formas de trabajo, como pueden ser las descritas más arriba.

Una de las características sobresalientes de este tipo de plataformas reside en la conversión de los saberes y las prácticas tanto de lo-as trabajadore-as, como de lo-as consumidore-as en series de datos, convirtiendo las mismas en fuente de ganancia. Algunos analistas de la década de los 80, advertían los desplazamientos que estaban ocurriendo en el mundo de la empresa capitalista posfordista cuando se pasaba de la valorización del trabajo humano desde “funciones materiales y físicas a las informativas e intelectuales” (Cillario, 1988: 236)[9]. También aquí aparecía la fragmentación del saber obrero orientada a su codificación en flujo de información –por ende, potencialmente desconectado de la experiencia– de la cual dependía la expropiación de valor.

 

¿De la “guerra de dedo” a un modo de gobierno algocrático?

 En la actualidad pareciera que la lógica de estas empresas se profundizó hacia una modalidad de gobierno del trabajo de tipo “algocrático” (Aneesch en Cingolani, 2016) y a distancia (Cingolani, 2018). Para mapear estas estrategias de poder, la investigación abocada a estos tópicos habrá de visibilizar de qué modo tráfico, recorridos, rendimientos de lo-as trabajadore-as son captados por las máquinas y objeto de un monitoreo constante, así como redundan en una forma de establecer ajuste entre oferta y demanda (Ídem).

Los dispositivos implementados para disciplinar el trabajo se profundizan con recurso al monitoreo permanente a través del software, ya sea mediante el GPS -control de movimientos-, o mediante la contabilización de los tiempos -control de eficiencia-. El sistema de puntuaciones que establecen los clientes al servicio proporcionado, así como la “tasa de rechazo” o “porcentaje de aceptación” por parte de lo-as trabajadore-as a los “viajes” o “pedidos” condicionarán también el perímetro de entrega y la “cantidad de pedidos” que la plataforma le asigna a cada trabajador-a. Es decir, se le asignarán recorridos más largos, por el mismo pago. El relato del integrante de APP mencionado previamente[10] marca una diferenciación en la asignación de pedidos entre los “nuevos” y aquellos que ya llevan cierto tiempo de trabajo en la plataforma. Según él, esto permite un manejo y control racionalizado y preciso de la rotación de trabajadores por parte de la empresa. En un principio la app habilita que el repartidor elija los pedidos que quiere “levantar”, lo que llama “guerra de dedo”, generalmente según un criterio de cercanía respecto del lugar en el que se encuentra, posibilitando “hacer plata más seguido”. Con el tiempo la aplicación se reserva el manejo exclusivo de las asignaciones de pedidos, buscando generar un efecto de desaliento en los trabajadores de vieja data. El poder del algoritmo radica en performar y controlar las prácticas de los trabajadores de modo extremadamente individualizado, pero no siempre claro para los mismos[11].

Diversos artículos periodísticos y entrevistas a trabajadores de estas plataformas relatan el contraste entre, por un lado, el discurso empresarial que exalta la autonomía y el manejo de los tiempos y, por el otro, el control y la vigilancia corporativa mediante algoritmo. Por lo tanto, el manejo autónomo de los horarios es absolutamente relativo dado que está sujeto a la capacidad predictiva del algoritmo y a las pautas horarias preestablecidas por la empresa. Ello introduce una desigualdad de género señalada por la secretaria adjunta de APP, Maru Ferro, quien afirma que las mujeres teniendo generalmente a cargo suyo las tareas de cuidado, disponen de menos tiempo para trabajar lo cual les significa un ingreso menor que el de los varones y una limitación para mantener un porcentaje de aceptación alto (Marziotta, 2018). Las tarifas también se establecen de modo unilateral por la plataforma, sin posibilidad de tener incidencia sobre las mismas. En el caso de Uber, la recolección y el tratamiento algorítmico de datos referidos a la actividad de los conductores servirán para anticipar comportamientos y la evolución del mercado, para así ajustar oferta y demanda (Cingolani, 2018).

 

¿Derecho del trabajo y/o derecho al trabajo?

Durante la escritura de esta nota, un juzgado de Feria Contencioso Administrativo y Tributario de CABA emitió un fallo que prohíbe el funcionamiento de las plataformas de reparto a fin de coaccionar las empresas a cumplir con las leyes en materia de seguridad e higiene e inscribir los trabajadores en un registro único de trabajadores en motovehículos y ciclorodados (Página 12, agosto2019). Aquí el asunto se pone complicado.

Por un lado, la intervención del poder judicial para obligar a las empresas a alinearse con la ley de trabajo vigente parece ir en el sentido de poner un coto a un empleo precarizado con diversas aristas problemáticas. Por otro lado, va en contra del derecho al trabajo revindicado por lxs mismxs trabajadorxs. Según APP, esta prohibición conduce a una mayor clandestinidad de la actividad. Es preciso resolver, de modo urgente, la tensión entre derecho del trabajo y derecho al trabajo, elaborando una reglamentación adecuada a las particularidades de la labor propia de las plataformas, considerando que son miles de personas que, al menos por ahora, no tienen otra fuente o posibilidad de generar ingresos.

 

Por: Anaïs Roig

Edición: Julieta del Campo Castellano

Foto: ASSIM

Bibliografía

Categorías:Editoriales

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