Luego de un lustro en las entrañas del Estado argentino, con más trabajo que salario y siendo siempre un extranjero, logré dar sentido a algunas palabras que había escuchado infinidad de veces por todos lados. Palabras desgastadas como montañas por el viento que lograron calar profundamente en mi existir: derechos, democracia, justicia-social, dignidad, compañera/o, unidad. Pero sobre todas las palabras hubo una que se impuso ante mí con la fuerza de los mares, y es que por las conquistas del peronismo –y quizás gracias a él–, conocí el amor.

Entré a trabajar al Estado gracias al ensanchamiento del aparato estatal que Cristina Fernández propició con empeño y la certeza de lo indispensable, además de contar con mucha fortuna. Fueron las casualidades de la vida y las redes del tejido social en plena reconstrucción, luego de la última vuelta de tuerca de la democracia argentina contemporánea, las que propiciaron mi fortuna; la recuperación de los derechos perdidos y la territorialización de las políticas públicas, las vías por las que el tren de mi vida se encarriló hacia el abismo de lo posible.

A los pocos días de haber comenzado a laburar –con un mapa de la república en la contratapa de mi cuaderno y en la solapa de todas mis ropas so pena de errar zonas o provincias–, fui convocado a presentar nuestro trabajo a la capital de Tucumán. Mi primer alocución como representante del Estado Nacional con el acento de una provincia inexistente no pasó desapercibido: las únicas preguntas que me hicieron fueron sobre México y sus playas, sobre la comida picante, los mariachis y el tequila. Me atrevo a decir, no sin vanidad, que durante esos años fui digno representante de la Embajada Tropical de México en Argentina, diplomático de la patria grande, artífice de la reestructuración de la otrora utópica raza cósmica.

Los trabajos a lo ancho y sobre todo a lo largo de la república no cesaron, como tampoco cesó la reconquista de los derechos de los trabajadores. A los pocos meses, no sin una breve gestión sindical y la predisposición del Secretario de Estado, se recuperó y puso en funcionamiento el comedor de la secretaría. Con precio popular y un menú saludable aunque poco variado, más que un lugar para comer, el espacio se convirtió en un territorio de socialización de ls trabajadores, un punto de encuentro entre compañeras y compañeros donde dirimir los problemas e imaginar soluciones a las problemáticas sociales.

Pero para mi, el primer piso de sarmiento quinientos ochenta fue el escenario en que aquellos ojos verdes hirieron de muerte mi malquerencia. Pasaron un par de años hasta que sus labios como espadas inclementes, en mi pecho su fino filo hundieron, hasta la empuñadura, dulcemente. Y así, muerto de amor, no sin desavenencias, emprendimos la aventura interminable de dos desconocidos que se quieren acompañar. No miento cuando digo, como se lo dije a ella unos días después de encontrarnos en los ojos, que conocí el amor gracias a Perón. «Y un tanto a Cristina» –me dijo– y tiene razón. No concibo mi vida en Argentina sin ella ni sin los aprendizajes del peronismo –cualquier cosa que eso sea–, más allá de sus reivindicaciones sociales.

Fueron años fugaces donde conocí mucha gente mientras participé de un organismo del Estado. Entender que uno puede incidir con su trabajo en la vida de las personas y puede colaborar para conquistar derechos o una vida un poquito más digna o la posibilidad de creer en el otro, ha sido mi mayor aprendizaje. La Secretaría de Políticas Integrales en Materia de Drogas fue, hasta la renuncia, el edén para éste mexicano.

Viajé por casi todo el país, hice grandes amistades y vi de cerca lo infeliz que te vuelve el miedo; viví la potencia de un Estado apuntalado por sus trabajadores, la capacidad de unos por hacer del mundo un lugar mejor y la capacidad de otros por contrarrestarlo. Participé del fortalecimiento del sindicato, atestigué el arribismo de algún delegado y fui víctima de la feroz represión comandada por la Ministra de seguridad en aquel diciembre caliente de dos mil diecisiete. Nada ha sido gratuito y, sin embargo, fui feliz y lo seguiré siendo, al menos en la memoria y en los ojos de lincesito que miro al amanecer.

Escribo estas letras desde el altillo de un palacio encallado en las islas Xalápagos del hemisferio norte del continente americano, escuchando el himno nacional de la tierra que me vio nacer. Es septiembre, mes en que se conmemora la independencia de México. Trompetas y redobles se imponen a los bombos y platillos de la memoria, escenario de una pampa celeste y blanca que rumia todavía su pasado inmediato.

Hace apenas dos meses que partimos y la memoria se me escapa como río tras la lluvia de un verano tropical. Hoy no queda nada de mi en aquellas tierras arrasadas por un macrismo feroz e inhumano que desgarra en su partida los jirones de un país. Queda, quizás, el fantasma de mi recuerdo por los rumbos de una patria imaginada. Y queda, sobre todo, la certeza de este amor que lleva en sus entrañas la fuerza y el fervor que siente el pueblo por Eva Duarte y Juan Domingo Perón.

Por: Emilio Gomagu

Categorías:Editoriales

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