Si se analizan los vínculos entre organizaciones armadas mexicanas y argentinas durante el exilio argentino en México entre los años 1974 y 1983, se concluye que los proyectos revolucionarios de las organizaciones de ambos países, y otros más, se encontraron conviviendo en un mismo espacio geográfico: la ciudad de México.

En la década de los sesenta y setenta, tanto en México como Argentina, surgieron grupos que disputaron el poder a las clases dominantes a través de las armas. La razón de la emergencia de estas organizaciones en ambos países fue producto de contextos políticos y sociales similares, aunque con sus  particularidades. Al mismo tiempo, el surgimiento de dichos grupos es producto de una limitada apertura política, lo que generó que el abordaje y erradicación de las mismas por parte del Estado fuera, en ambos países, a través de una violenta represión.

Tanto en México como Argentina, la posibilidad de cuestionar los aparatos de un poder cada vez más autoritario a través de la apertura democrática y la participación política había sido prácticamente anulada. Ya sea por dictaduras militares, como en el caso argentino, o gobiernos centralistas que negaban cualquier oposición política, como en el caso mexicano, el entorno político y social se encontraba cada vez más enrarecido. Con tales contextos particulares, y a través de un proceso histórico distinto, los diferentes actores de la sociedad—principalmente organizaciones juveniles, estudiantiles y de trabajadores—que buscaban mayor participación y apertura optaron por la vía armada como medio para la transformación social en los dos países.

Sin embargo, ambos procesos revolucionarios encontrarían un punto de confluencia en un mismo tiempo y espacio: el exilio argentino en México durante la última dictadura argentina (1976-1983). Este punto de contacto resulta clave para pensar y analizar las posibles relaciones políticas de las organizaciones armadas que operaban en ambos territorios y los alcances que tuvieron, o pudieron haber tenido. Al mismo tiempo, los gobiernos de ambos países combatían dichas organizaciones revolucionarias en su territorio con métodos similares, pero cada uno a partir de una construcción política distinta que, en apariencia, los situaba en veredas ideológicas distintas: por un lado una dictadura militar argentina que luchaba por los “valores cristianos y occidentales” y por el otro un gobierno mexicano cercano a gobiernos socialistas y del tercer mundo. Diferencias esenciales que, a pesar de ello, tuvieron más puntos en común de los que se supondría.

Debido a la avanzada represiva de la última dictadura argentina, muchos de los militantes de las organizaciones armadas fueron forzados a partir al exilio para sobrevivir. En ese país la escalada de violencia se produciría con la muerte de Perón en 1974 con la polarización entre izquierda y derecha del mismo movimiento peronista. Ambos sectores se enfrentarían directamente en un espiral de violencia. Por un lado, el gobierno de Isabel Perón, la viuda del líder, con las fuerzas de seguridad y una organización paramilitar, y por el otro, organizaciones de la izquierda peronista representadas en Montoneros, y la guerrilla guevarista del Partido Revolucionario de los Trabajadores – Ejército Revolucionario del Pueblo con la instalación de un foco rural en Tucumán. La represión con la que el gobierno peronista de Isabel atacó a las distintas expresiones de izquierda alcanzaría su clímax a partir del golpe de Estado de marzo de 1976. Los efectos que produciría la dictadura instalada serían los más sangrientos para la historia del país. El terrorismo de estado desatado contra militantes de las distintas organizaciones armadas, y en general contra cualquier simpatizante de izquierda, peronista, o ciudadanos sin identidad política, provocaría 30 mil desapariciones, decenas de miles de detenciones y torturas, y un hecho en el que se centra esta investigación: el exilio de decenas de miles de ciudadanos argentinos a distintos países, entre ellos, México.

En este contexto, entre 1976 y 1979, la guerrilla más numerosa e importante del país, Montoneros, estableció la sede de su conducción en la ciudad de México. En esa ciudad, se asentaron además decenas de sus militantes. Por su parte, algunos de los miembros del Ejército Revolucionario del Pueblo se establecieron también en la misma ciudad.

Los miembros de ambas organizaciones se encontraron con un clima de aparente apertura política que les facilitaría su ingreso y permanencia en México. Particularmente en el caso de Montoneros, encontraron la simpatía de funcionarios de las altas esferas del gobierno mexicano, lo que les permitiría organizar a la guerrilla desde el extranjero y preparar una contraofensiva en 1979. En la ciudad de México, dicha organización, encontró libertad de acción para el desenvolvimiento y planeación de sus acciones. Por otra parte, sus militantes de base, al enfrentarse a las dificultades personales que el exilo presentaba, comenzarían a involucrarse y adaptarse al nuevo lugar en que habitaban. Las actividades de solidaridad con perseguidos políticos de otros países del continente y la convivencia diaria en espacios comunes, los llevaría a relacionarse con los otros exilios que el país recibía (chilenos y uruguayos principalmente) que habían llegado luego de la instauración de regímenes dictatoriales en los años previos.

Por otro lado, mientras la política internacional del gobierno mexicano se identificaba con la «tercera posición» y mantenía excelentes relaciones con Cuba, la oposición de izquierda al régimen del Partido Revolucionario Institucional (PRI) era combatida con métodos no muy diferentes a los de las dictaduras sudamericanas (torturas, desapariciones, asesinatos, etc.). La organización armada mexicana más numerosa, la Liga Comunista 23 de Septiembre (LC23S), que había sido fundada en Guadalajara en 1973 aglutinando a los distintos grupos armados del país, se enfrentaba al exterminio de sus integrantes. A partir de 1975, con la formación de comandos especiales, el gobierno mexicano buscaba destruirla. Con ese objetivo, el avance de las fuerzas de seguridad sobre la LC23S mermaría su accionar mientras sus militantes eran perseguidos y acorralados, iniciando un periodo de fragmentación dentro de la guerrilla mexicana.

Es justamente en este escenario en el que los exilios sudamericanos perseguidos por dictaduras militares en sus relativos países se establecen en México gracias a las políticas de asilo y recepción del gobierno mexicano. Al mismo tiempo, mientras se abrían las puertas del exilio a personas y militantes de organizaciones armadas, puertas adentro se utilizaban los mismos métodos extrajudiciales que las dictaduras del Cono Sur. Esta ambigüedad llevaría incluso al acercamiento del gobierno mexicano con las cúpulas de las organizaciones argentinas, lo que generaría desconfianza entre las organizaciones mexicanas. Debido a ello, y tomando en cuenta el contexto de convivencia de militantes latinoamericanos en un mismo espacio geográfico, éste trabajo analiza los vínculos políticos que existieron entre las organizaciones armadas argentinas y mexicanas durante el exilio—1974 a 1983. De igual forma, para analizar dicho vínculo, abordaremos también las relaciones entre el gobierno mexicano y la dictadura argentina en ese periodo de aparente confrontación entre ambos, y por último la controversial cercanía de las organizaciones argentinas con el Estado mexicano, en particular la de Montoneros.

El interés particular en profundizar sobre aquellos aspectos vinculados con el exilio reside en la importancia que tuvo la ciudad de México como centro de reorganización y de “caja de resonancia”—según el término que utilizan Omar Núñez y Kristina Pirker—para las distintas luchas de liberación de todo el continente. En este sentido, el gobierno mexicano desempeñó un papel cercano a los perseguidos políticos de las dictaduras del continente, dificultando el contacto entre éstos y las organizaciones mexicanas.

En este sentido, la ambigüedad retórica del gobierno mexicano le permitía ser considerado cercano a los pueblos latinoamericanos y a las luchas del continente. Al respecto, Sergio Aguayo plantea que por la buena relación del gobierno mexicano con gobiernos como el de Cuba y el de Salvador Allende en Chile (1970-1973), además de su política “tercermundista” y próxima a gobiernos populares, el gobierno mexicano se erguía como el único interlocutor entre dichos gobiernos y las organizaciones de izquierda de aquellos y otros lugares, limitando la capacidad de acercamiento o vinculación con luchas similares a las de la guerrilla mexicana en el mundo. Es decir, que para algunas de las organizaciones de izquierda y gobiernos de centro y de izquierda, el gobierno mexicano parecía cercano a sus proyectos revolucionarios, mientras también brindaba posibilidades de asentamiento en su territorio. Esta proximidad hizo que, ya sea por la cercanía ideológica con este o por una cuestión táctica, las organizaciones latinoamericanas en el exilio tuvieran un contacto limitado con las organizaciones mexicanas de izquierda. Tal condición continuaría durante los años del exilio sudamericano en México, en los que el gobierno mexicano mantenía estrechos vínculos con las organizaciones a los que los exilados pertenecían, relegando a segundo plano las relaciones que la oposición armada mexicana pudiera tejer.

Al mismo tiempo, a pesar de que la conducción tanto de Montoneros como del ERP ordenó a sus militantes no involucrarse con la política mexicana y de que a los exilados se les podía aplicar el artículo 33 de la Constitución Mexicana, en algunos casos se establecieron relaciones, principalmente de base, con la militancia mexicana. Por ejemplo, en 1981, algunos militantes en México del ERP secuestraron a la hermana del candidato presidencial del Partido Acción Nacional (PAN) a las elecciones de 1982. En las investigaciones de esta acción y en el posterior procesamiento, el gobierno mexicano vinculó a al menos un ciudadano mexicano con el secuestro.

Ante ello, una de las hipótesis de este trabajo es que pese a las restricciones que las estructuras de las organizaciones argentinas imponían a sus militantes, sí existieron relaciones con miembros de organizaciones mexicanas, específicamente entre grupos con afinidades ideológicas y que generalmente se entablaron a través de eventos solidarios. A partir de entrevistas con militantes mexicanos y argentinos se puede ver que, pese a estas dificultades, los vínculos existieron, especialmente a nivel de base.

Sin embargo, entre los militantes de la LC23S mexicana existía cierta desconfianza hacia las organizaciones argentinas por su aparente relación cercana con el gobierno de Luis Echeverría (1979-1976) y José López Portillo (1976-1982) y sus aparatos de inteligencia que permitieron el establecimiento de las organizaciones argentinas en México. Si bien, entre las organizaciones de ambos países muchas veces existían afinidades ideológicas u objetivos comunes en sus respectivos países, dicha desconfianza fue un factor importante en el desarrollo de las relaciones entre ellas.

En este sentido, al centrar la investigación en personas que tuvieron que exiliarse, gran parte del análisis para este trabajo parte de los testimonios de los exilados en libros biográficos donde se narran los procesos personales del exilio. Tal es el caso de los testimonios de Miguel Bonasso, Mempo Giardinelli, Jorge Luis Bernetti, Amalia Pérez, Carlos Ulanovsky y otros más también incluidos en trabajos académicos puntuales sobre el exilio. Igualmente, además del análisis de dichos testimonios, una de las fuentes primarias que se utilizan en este trabajo son las entrevistas personales realizadas a militantes argentinos de Montoneros y del ERP que se exiliaron en México, así como militantes mexicanos de la Liga Comunista 23 de Septiembre.

De igual forma, a medida que avanzaba en la investigación, y con estas interrogantes en mente, se fue revelando el papel central que tuvo el PRI en la segunda mitad del siglo XX, no sólo en México, sino en el continente entero, y que el exilio en la década del setenta era una expresión y un ejemplo de ello. Ese partido, que lleva el oxímoron en su nombre y que gobernara México por más de 70 años (y contando), resulta fundamental para pensar esa década trastocada por movimientos sociales y acomodos geopolíticos. Tal vez al ser mexicano uno no dimensiona la capacidad que el partido tiene para manosear todo, y en el estudio del exilio aparece el rol que tuvo con las organizaciones latinoamericanas, a veces como garante y protector, y otras como neutralizador de esas mismas luchas. Al utilizar un léxico revolucionario y tercermundista, los gobernantes mexicanos a través del partido construyeron una imagen de sí que poco tenía que ver con la realidad del país, explicando la ambigüedad de su esencia. Por tal motivo, esta investigación busca dar respuesta a esas inquietudes a partir del trayecto personal de sus protagonistas en una década en la que para muchas personas en el continente había dos opciones: la muerte o el exilio.

Por: Fernando León Romero

Categorías:Editoriales

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