Lo primero que se me viene a la mente (o lo que recuerdo).

Recién cumplidos los 10 años de edad, allá por abril de 1987 y federado de básquet, habíamos ido a jugar a la ciudad de Tandil 3 días por un intercambio deportivo. Al regresar a Buenos Aires el 19 de abril a la mañana llegamos al club y estaba mi mama con padres y madres de mis compañeros para recibirnos como era costumbre. Para mi sorpresa había muchos con cara de preocupación; mi mamá nos llevó rápido a un costado, nos conto que debíamos irnos rápido porque había habido un intento de golpe de estado. Cuando llegamos a casa mi vieja prendió la radio para seguir las noticias. La angustia era enorme ya que mi abuela Leo integraba Abuelas de Plaza de Mayo. Gracias a Abuelas, mi Prima Elena de 10 años, había recobrado su identidad hacía sólo un par meses. Elena se convirtió en la primera nieta restituida nacida en cautiverio. Horas después mi vieja, mi hermano y yo nos fuimos a Plaza de Mayo. Raúl Alfonsín había negociado con los carapintada y concedido el punto final (claro esto no lo sabíamos). “Felices pascuas, la casa está en orden”.

El club al que íbamos a jugar al básquet con mi hermano 2 años mayor, era el Club Náutico López Bouchardo que quedaba en frente a la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada). Siempre, al caminar por allí, lo hacíamos rápido y con cierta carga emocional y temor ya que mi madre nos había contado que ahí había funcionado un centro clandestino de detención.

A los pocos días del levantamiento carapintada comandado por Aldo Rico me desperté una  mañana llorando muy angustiado luego de una pesadilla en donde los militares habían hecho un golpe de estado y volvíamos a estar en dictadura. Al escuchar el llanto mi vieja me abrazó y dijo que todo había sido un mal sueño, que me quedara tranquilo.

Con el tiempo empezamos a participar en los centros de estudiantes, y cuando surgían charlas sobre la dictadura con los y las compañeras, lo que yo contaba tímidamente, era que tenía una tía y un tío desaparecidos. Todavía por miedo decía que mis familiares “no habían estado en nada”. La derrota había sido muy grande, la teoría de los dos demonios se había hecho piel en la sociedad, y el temor al regreso militar era palpable. Puertas adentro mi vieja nos contaba que Mara (mi tía) había sido una luchadora ejemplo de solidaridad y el amor al prójimo. Que era la mejor de la familia, por sus convicciones, entrega y dignidad a la causa del pueblo.

Tuvieron que pasar 20 años para salir y poder hablar sin resquemores, sin temor, sin tener que cambiar la historia, para poder decir que Mara era una militante que formaba parte de la Juventud Trabajadora Peronista (JTP), que participaba en el sindicato de docentes de zona Norte y que había sido, hasta el año 75, integrante de la Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Que sí, había hecho algo, se había comprometido con la lucha, con su pueblo, con la igualdad, por una patria libre, justa y soberana. Esta posibilidad de reivindicación sin miedos no fue debido al paso del tiempo, sino que fue el fruto del trabajo y la militancia, el “no claudicar” de las Abuelas, las Madres y los Organismos de Derechos Humanos. A partir de 2003 hubo políticas públicas activas de memoria verdad y justicia impulsadas por el Estado. Cuando hay un compromiso con los DDHH, lxs ciudadanxs nos sentimos cuidadxs. El miedo disminuye al sentir protección por parte del Estado. También se reabrieron los juicios por delitos de lesa humanidad, evitando que los asesinos estuvieran en la calle; que después de tanto tiempo se hiciera justicia, que Videla, Galtieri y sus cómplices, no tuvieran un lugar de honor junto a San Martín. La memoria se nos hizo carne, está adentro nuestro, en la sangre, en el cuerpo, cuando duele pero también cuando nos emociona y nos enorgullece. La memoria es también “recordar” como diría Galeano, “volver a pasar por el corazón” a todxs lxs compañerxs trayéndoles nuevamente a la vida.

Ahora sé que no tuve una abuela, sino que tuvimos miles de Abuelas, que no era mi tía, sino que tuvimos 30000 tíxs, y tenemos 30000 hermanxs. La memoria no se borra sino todo lo contrario, afirma que en estos 43 años no pudieron ni podrán borrarnos; que vamos a estar y seguir la lucha y que no vamos a olvidar. La memoria vive en cada unx que levante su bandera, haga suya su piel y continúe la lucha por una patria libre, justa y soberana.

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