El desconocimiento de ciertas prácticas, sean académicas o carcelarias, marca una diferencia concreta en las interacciones.

En este sentido, observamos cómo el lenguaje del estudiante comienza a marcar sus diferencias, en tanto los docentes (como los coordinadores) no comprenden bien el sentido del lenguaje que muchas veces utilizan los internos. Veamos cómo es utilizado ese lenguaje en la interacción cotidiana. Estaba en la puerta del CUSAM, en el recreo con un grupo de estudiantes. Mientras charlábamos junto a la docente y los estudiantes en una ronda que conformábamos cinco personas, se acerca el Narigón, un participante de los talleres que recién se incorporaba al centro universitario, y le dice a Carlitos, un estudiante de la carrera con el que estábamos cursando en ese momento: “se pinchó en el barrio, yo me voy para allá a ver qué onda, vos fíjáte, no la hagas larga que por ahí esto trae cola”. Estas palabras vinieron acompañadas de una gesticulación seria, con sus cejas fruncidas, mientras que el estudiante que regresaba a clases mostraba un rostro preocupante. En el rostro de una profesora que presenciaba la conversación se notó que algo no estaba bien, pero sobretodo que no había entendido lo que el Narigón le había dicho a Carlitos. Cuando volvemos a la clase Carlitos me dice, en voz baja: “me voy para el pabellón que se pudrió”. Levanta sus útiles y le dice a la profesora: “profe, me voy porque hoy engoman temprano, cualquier cosa le pido la tarea a los compañeros”.
Estos relatos y comentarios nos permiten pensar ideas acerca de estas formas usuales del lenguaje entre estudiantes y docentes que escuchan pero no comprenden. Ese lenguaje empieza a ser utilizado como modo de comunicación entre los mismos estudiantes sin que pueda ser entendido por los externos del lugar. Comunicación que tiene más gesticulación que palabras emitidas. Más contexto de uso que literalidad. En otra ocasión, pude recolectar el diálogo entre dos estudiantes y un profesor. Se acerca el Negro por la ventana de una de las aulas y le dice al Abuelo, un estudiante que estaba en clase, “ahí te llaman Abuelo”, acompañando las palabras con un gesto que llevaba a su mano hacia la boca. El Abuelo entendió a la perfección que lo estaban invitando a fumar un chiripi , aunque el profesor mucho no entendió porque le dijo a la clase: “lo deben estar llamando para notificar algo del juzgado”.
De este modo, cuando el estudiante empieza a utilizar el lenguaje académico que va incorporando por la sociabilidad con docentes y textos de las cátedras, mayormente se expresa en los eventos o seminarios donde participan interlocutores vinculados al ámbito académico y cultural. Tenemos aquí una interpenetración de lenguajes, modos y tonos. Los estudiantes detenidos empiezan a expresar sus prácticas y vivencias que sufrieron o suceden en su barrio y en la cárcel en otros términos. Pero éste no es el único efecto que tiene las palabras de los estudiantes universitarios que van avanzando en la carrera, sino que a su vez tiene un impacto en sus pares, donde la palabra comienza a ser parte de un idioma con vocación universal, como lo es el académico, que muchos internos no entienden pero los de afuera sí. El lenguaje académico, diría de Certeau (1999), también está ligado a un poder y a una violencia que le dan autoridad.
En este proceso lingüístico particular, donde las expresiones van interactuando en el campo, lentamente el estudiante comienza adquirir este lenguaje. Como señala Chaco: “yo estoy aprendiendo hablar ese idioma, por eso es que lo soporto, sino me hubiera levantado y me hubiese ido”. Es importante indagar acerca del posicionamiento frente a este lenguaje que empieza a utilizar el estudiante en este espacio universitario. Para Chaco es un idioma, un nuevo lenguaje. Titincho señala algo similar:
Yo necesito aprender hablar ese idioma para transmitirle a otro mis saberes y decir, loco es por acá. Porque si hasta hoy que ya tengo 52 y no me escucharon es porque no supe hablar, entonces quiero aprender ese lenguaje para que me escuchen, por lo menos que me tengan en cuenta.
Pero ese lenguaje también aparece como un método comunicativo: es un saber que permite articular una palabra que puede ser escuchada. Titincho expresa la necesidad de entender, utilizar ese idioma y poder comunicar a su entorno su saber y experiencia, y ser escuchado. Idioma, saber, comunicación. Sin embargo, esa palabra adquiere su sentido completo cuando es articulada por un par, por otro estudiante. Dice Comadreja:
“Porque llegué acá, como te dije aquel día, me recibiste vos, el Chaco, el pelado y yo me asusté mucho por cómo hablaban ustedes, porque yo decía, no puede ser esto la cárcel. El susto era de cómo hablaban, no usaban el idioma tumbero, usaban palabras complicadas, difícil como se dice, aparte no decían palabras difíciles o complejas porque lo aprendiste de oído no, la continuidad de la charla hasta el punto y la coma estaba bien direccionada y yo decía no, acá difícilmente me veía que no me iba a dar la cabeza, pero bueno acá estamos.”
Comadreja expresa su encuentro con otro idioma, otro lenguaje, pero manejado, con habilidad (continuidad y buena direccionalidad) por los mismos pares. De repente, aquel que usaba el idioma tumbero aparecía, con todo el rigor de la sorpresa, usando un idioma difícil, extraño, de poder, y lo hacía con soltura.
Los estudiantes universitarios comienzan a obtener una formación en su lenguaje para poder interactuar en el espacio académico. Y se sumergen así en el mundo educativo al adquirir estos valores en las dinámicas de interacción con los diferentes actores, tanto con los docentes, como con los coordinadores del lugar, que representan la UNSAM. Esta cultura carcelaria-universitaria es un modo específico de vida, que expresa determinados significados y valores, no solo en el arte y la enseñanza, sino también en las instituciones y el comportamiento cotidiano. La cuestión es que luego de haber pasado por esta cultura carcelaria-universitaria se vuelve difícil separarlas, porque el idioma tumbero, sus prácticas y valores, insiste. Como dice el Flaco:
“Siempre digo que la universidad rompió con el paisaje de la cultura carcelaria que existe y que tenemos introyectada todo el tiempo. Lo que se hace difícil es cuando vos no podés sacarte la cárcel de encima, porque es una cosa u otra, no pueden coexistir las dos a la misma vez porque en algún momento te va a llevar a perder todo ¿no? Es difícil poder olvidarse de la cárcel o poder sacársela de encima como lo digo yo, pero sí se puede.”
El Flaco expone, aunque afirme la posibilidad de superarla, una tensión entre su identidad como universitario y la de preso en la cárcel, como afirma Tenti Fanfani: “para que no quede ninguna duda acerca de las relaciones entre condiciones objetivas de vida y estructura de los hábitos mentales y modelos de comportamiento” (2011: 45).
Esto, que podríamos pensar como una identidad heterogénea o doble identidad que se construye en el estudiante universitario, no puede dejar de verse sin estas dos lógicas que atraviesan al sujeto: por un lado, iniciar el camino de ser un estudiante universitario y algún día poder recibirse, entonces “la educación” como define Grinberg, nos permite pensar en una “institución que abre el mundo, que produce el acceso a ese saber útil construido junto con las nociones de verdad y virtud” (2008: 69); y, por otro lado, el de preso, al estar habitando un lugar hostil, atravesados por la vigilancia y el castigo que emana de la prisión en la que son vigilándolos a cada segundo por dispositivos de coerción que repercuten física e ideológicamente, negociando.
diariamente una libertad prestada. ”La cárcel es un ejemplo perfecto de la heterocoacción, ya que allí la autonomía de los individuos se reduce a su mínima expresión”, señala Tanti Fanfani (2011:42). Autonomía y coerción permanecen ligadas, inseparables, operando al mismo tiempo. Así, esta identidad heterogénea parece deambular entre esos sentidos y prácticas de autonomía y coerción. Dice Titincho:
“Uno se construye en la cabeza que ser malo y ser guapo es lo que te va a dar identidad y te va hacer sobrevivir, y no te permitís conocer a personas buenas, y yo hoy estoy conociendo muchas personas buenas y me di cuenta que yo no me permití conocerlas, yo no me di la oportunidad de conocer estas personas. De chico teníamos que ser malos, porque la cárcel es del malo y si vos no sos malo no podes existir. O sea que nosotros nos construimos una identidad a través de nuestra cultura y después cuando llegás a un lugar como éste, como la universidad, empezás a ver diversas ideas, posiciones diferentes (políticas y económicas) y te das cuenta que la vida pasa por otro lado. Pasa por construir cosas y que solo no podés construir nada, que si no ves al otro y te apoyás en el otro, no podes construir nada.”
Titincho manifiesta su crisis de identidad a partir de las relaciones entre universidad y cárcel, y cómo estas prácticas que configuran su cotidianidad aparecen en un lugar particular como el centro universitario. En ese sentido, Titincho pone el acento en algo particular: romper el aislamiento; ver al otro, apoyarse en el otro. Y es el lenguaje el que empieza a unir ese aislamiento.
Una vez un estudiante me dijo que “la universidad vino a romper con el paisaje de la cárcel”. Estas palabras, que suenan con un tono de romanticismo, nos remiten a experiencias que no son tan ideales como se pueden imaginar. En principio, romper con el paisaje de la prisión, nos muestra las tensiones que se ponen en juego en la configuración subjetiva de personas privadas de libertad. Incluso, romper con el clásico papel que jugó la educación ese paisaje de la cárcel. Por ejemplo, los representantes del poder judicial (jueces, abogados, etc.) sostienen el discurso de que si el preso estudia y tiene buena conducta, se le puede otorgar algún beneficio. Pero que si no, no pueden darle nada. Un agente penal vinculado al área educativa una vez me dijo: “si estudias, bien ahí, pero igual solo te piden el diploma y te descuentan unos meses, después cuando estén en la calle van a seguir haciendo lo mismo”. Sin embargo, en ese mismo contexto, alguna vez un alto directivo de la UNSAM comentó que este espacio tan particular “no solo vino a garantizar el derecho a la educación, sino a presentar un proceso colectivo construido entre todos y ustedes son los actores principales de este proyecto”.

Por: Diego Tejerina

Categorías:Editoriales

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